domingo, 26 de septiembre de 2010

Respuesta carta argumentativa

Querido Jorge:

Confieso que es muy difícil responderte, por eso mi tardanza en hacerlo. A mi también la muerte de Marcos me afecta mucho. La verdad que era una persona muy querible, al igual que vos, todavía me cuesta reponerme del impacto que genera su muerte. Trato de imaginar tu dolor, tu desesperación pero es imposible, yo no tengo hijos. Y responderte únicamente para decir “te acompaño en el sentimiento” sería hipócrita de mi parte, y eso no es lo que vos esperas de mí.
Fuiste sos y serás un maestro. Mí padre siempre tuvo celos de nuestra relación casi fraternal, pero de él también estuve orgulloso, aunque nunca se lo pude decir. Me enseñaste a mirar el mundo con otros ojos, a confiar y a solidarizarme con los demás. Y ahora me venís a decir que dude de todo! Ya es tarde para que me digas estas cosas, la entrega y el compromiso son parte de mi vida.
No quisiera sentirlo, pero la verdad es que estoy decepcionado. Y tu carta ayuda a fortalecer mis ideales, sí esos que tanto hemos defendido, esos por los que brindamos con mate cocido, aquella noche fría de julio en Ciudad Evita, repartiendo frazadas y alimentos, cuando bien pudimos haber estado festejando tu cumpleaños con familiares y amigos.
Talvez soy demasiado joven para poder entenderte, y la advertencia de mi padre cuando decía “el día que tengas un hijo vas a ver como me vas a entender” fuese cierta. Pero me resulta tan difícil poder darte la razón. Comparto con vos la idea de que aquel que comete un crimen debe pagar por ello. Pero el pibe tiene 16 años, también es una victima de este sistema tan injusto. Mandarlo a la cárcel sería casi como matarlo. Ese pibe necesita ayuda, educación, contención. Vos sabes muy bien como funciona el mundo, yo no soy nadie para explicártelo.
También, al igual que vos, siento un desequilibrio interno. Pareciera que esta carta en lugar de respondérsela a mi maestro de la vida, estaría dirigida a esos reaccionarios que piensan que en cada esquina que frenen con sus autos lujosos se la van a dar. Esos que andan por la vida despotricando contra los negros, los resentidos sociales, los culpables de todo. Pero sé que vos no sos uno de ellos. Sé que estas atravesando el peor momento de tu vida y necesitas vengarte de quien te arrebato lo mas importante que tenías. Lo que no sé es si vas a volver a ser el mismo de antes.
Espero no ofenderte con mi carta. Digo lo que pienso, la hipocresía no es mi idioma. Gracias por todo lo que me enseñaste alguna vez, mi respuesta es producto de eso.
Abrazo grande.
Gaby.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Carta argumentativa (segunda versión)

Señor Mariano Pérez Salvi:

Me dirijo a usted con todo mi respeto, mi nombre es Daniela Rodríguez, vivo en Capital Federal, estudio en el colegio Mariano Acosta y estoy en 5º año del secundario. Tal vez nunca llegue a sus manos esta carta y yo gaste mi tiempo escribiéndola, pero me surge la necesidad de hacerlo luego de haber visto su programa de televisión el lunes por la noche.

Indignación es la palabra que describe mis sentimientos en este momento. Sí, quien debe estar indignada soy yo, y no usted como afirma estarlo luego de ver “a esos chicos tomando el colegio con total impunidad sin que nadie pudiera hacer nada”. Me pregunto qué es lo que usted desea que nos hagan ¿querrá que nos repriman? ¿O querrá que nos lleven presos?

Como alumna de un colegio del Estado me siento en la obligación de tomar posición y formular una posible respuesta. Durante la media hora que duró su monologo, tan prolijo y serio por cierto, se limitó a desacreditar la toma en las escuelas, afirmar de lo mal que esta que se pierdan días de clases, de la violencia impuesta por aquellos pocos alumnos que están al frente de la toma y lo que mas me irrita es que asevero, con total convicción, que esto es una campaña en contra del jefe de gobierno, Mauricio Macri.

Yo comparto con usted la preocupación de la perdida de días de clases, porque soy defensora acérrima de la educación; y por esta misma razón es que participo en las decisiones que se llevan a cabo para poder mejorar el sistema educativo. Resulta que no es nada fácil, que las intenciones de quienes deberían asegurarnos una educación digna son nulas y desoyen nuestros pedidos prometiéndonos algo que de antemano se sabe que no van a cumplir. Además los medios son cómplices de ellos y en lugar de sumarse a nuestra lucha legítima, la hacen parecer como si fuese un reclamo caprichoso, desinformando a la sociedad.

Por otro lado su concepto de violencia es muy distinto del mío. Yo veo violencia en las goteras de las paredes de mi colegio, en los baños sucios y rotos, en las ventanas que no se cierran en invierno y el frío que entra por ellas, en la biblioteca vacía con los estantes esperando alguna muestra de solidaridad de algún lector retirado.

Donde también noto violencia es en su discurso despectivo. En los argumentos poco felices que utiliza para desacreditar nuestra protesta como decir que cuando usted iba al colegio tampoco había calefacción en las aulas entonces no entiende de qué nos quejamos. Con respecto a esto quiero decirle simplemente dos cosas: Hace 40 años atrás en casi ningún colegio había estufas, mi padre pertenece a su generación y es testigo de ello. Y a la escuela privada a la que usted iba y de la que hace tanta mención, seguramente las ventanas estaban bien cerradas y el frío no se filtraba por ningún lado.

Entonces,dígame si el nombre de su programa “la hora de la verdad” no es una verdadera infamia.


No pretendo que esta carta sea leída al aire ni muchos menos, se que eso es un absurdo. Simplemente quiero invitarlo que como periodista cumpla con su rol de decir la verdad y no tergiversar la realidad, porque la educación esta pasando por un momento crítico, y eso usted lo sabe muy bien. No solo los colegios, sino ahora las universidades se sumaron a la misma lucha; entonces decir que somos “unos irrespetuosos maleducados” no tiene sentido, sobre todo cuando esos “maleducados” somos los que tenemos conciencia de nuestra situación y formamos parte de las decisiones que se toman en la sociedad. No se olvide que somos el futuro ¿o usted prefiere un país repleto de ignorantes? Si usted mirará con los mismos ojos que veo yo, estoy segura que se retractaría de lo que dijo.

Mi única arma es la palabra y la uso a favor de la sociedad. Espero que usted también haga lo mismo.

Muchas gracias por su tiempo.

Daniela Rodríguez

lunes, 6 de septiembre de 2010

Carta argumentativa

Señor Mariano Pérez Salvi:

Me dirijo a usted con todo mi respeto, mi nombre es Daniela Rodríguez, vivo en Quilmes, provincia de Buenos Aires, estudio en la escuela número 4 del mismo barrio y estoy en 5º año del secundario. Tal vez nunca llegue a sus manos esta carta y yo gaste mi tiempo escribiéndola, pero me surge la necesidad de hacerlo luego de haber visto su programa de televisión el lunes por la noche.
Indignación es la palabra que describe mis sentimientos en este momento. Sí, quien debe estar indignada soy yo, y no usted como afirmo estarlo luego de ver “a esos chicos tomando el colegio con total impunidad sin que nadie pudiera hacer nada”. Me pregunto qué es lo que usted desea que les hagan ¿querrá que los repriman? ¿O querrá que los lleven presos?
Como alumna de un colegio del Estado me siento en la obligación de tomar posición y dirigirme a usted primero porque limitó todo su monólogo a hablar de lo mal que está que los chicos pierdan días de clases, de lo nefasto que es tomar las escuelas y peor aún, se tomó el atrevimiento de afirmar que esto es una campaña en contra de Macri. Y segundo porque en ningún momento hizo mención de la situación edilicia precaria e insuficiente que tienen los colegios, no solo de capital sino de provincia (soy testigo de ello) y estoy segura que en el resto del país. Entonces dígame si el nombre de su programa “la hora de la verdad” no es una verdadera infamia.
Por otro lado, uno de los argumentos utilizados para desacreditar la protesta es que cuando usted iba al colegio tampoco había calefacción en las aulas entonces “no entiende de que se quejan”. Le quiero decir dos cosas con respecto a esto: hace 40 años atrás en casi ningún colegio había estufas. Y a la escuela privada a la que usted iba y de la que hace tanta mención, seguramente las ventanas estaban bien cerradas y el frío no se filtraba por ningún lado.
Además con goteras en los techos, con frecuentes cortes de luz, con bancos rotos, con frío en invierno, con ausencia de material didáctico, aunque no lo crea le juro que así, es imposible estudiar.
No pretendo que esta carta sea leída al aire ni mucho menos, se que eso es absurdo. Simplemente quiero invitarlo que como periodista cumpla con su rol de decir la verdad y no tergiversar la realidad, porque la educación está pasando por un mal momento y no todos los estudiantes somos unos “pendejos maleducados sin límites” sino que algunos tenemos conciencia de lo que está sucediendo y decidimos formar parte de las decisiones que se toman en la sociedad. Si usted mirará con los mismos ojos que veo yo, estoy segura que se retractaría de lo que dijo.
Mi única arma es la palabra y la uso a favor de la sociedad. Espero que usted también haga lo mismo.
Muchas gracias por su tiempo.
Daniela Rodríguez

sábado, 28 de agosto de 2010

operación desconocida

¿Qué es lo que pueden tener en común Miles Harvey y Rodolfo Walsh? Supongo que es más lo que los diferencia de lo que los une. Uno escribió sobre el poder que tienen y tuvieron los mapas desde la antigüedad hasta hoy; el otro hizo una novela testimonial dónde relata qué fue lo que verdaderamente pasó la noche de la fracasada revolución de Valle.
El primer puntapié para unirlos es su profesión: ambos son periodistas. Ambos escribieron sus libros con el objetivo de contar a sus lectores una historia, en este caso las dos verídicas, y ambos denotaban pasión en su tarea.
Como encontré poca información acerca de Harvey voy a hablar de él solo con lo que lei. Su modo de escritura es sencillo y se lo nota vehemente con lo que ha investigado: la historia de Gilbert Bland. Este sujeto se dedicaba a robar mapas en las bibliotecas de EE.UU. pero lo hacía en el siglo XX (1995) y eso es lo que más atrajo la atención de Harvey “ Que tenían aquellos viejos y misteriosos mapas que a la gente le resultaban tan seductor? ¿Y que clase de persona llegaría hasta tan lejos y se jugaría tanto por conseguirlos?”.
Ya no detentan poder, ni tienen el valor que puede tener un cuadro de Picasso, sin embargo los siguen robando. Como aficionado de las “cosas cartográficas”, Harvey, encontró en este caso un enigma por resolver, una terra incógnita, dejó de ser una investigación para convertirse en una aventura que sin saberlo lo fue adentrando en aguas desconocidas.
Tal vez aquí encuentre otro punto en común con Walsh. A él también una historia que le contaron una noche de verano jugando al ajedrez, le causó tal atracción desde que se enteró de ella, que lo hizo sumergir en aguas desconocidas. Además generó un giro completo en su vida “la larga noche del 9 de junio vuelve sobre mi, por segunda vez me saca de las suaves, tranquilas estaciones. Ahora, durante casi un año no pensare en otra cosa, abandonare mi casa y mi trabajo, me llamare Francisco Freyre, tendré una cedula falsa con ese nombre, un amigo me prestara una casa en el Tigre, durante dos meses viviré en un helado rancho de Merlo, llevare conmigo un revolver, y a cada momento las figuras del drama volverán obsesivamente.”
El sentirse insultado por aquel relato desgarrador es lo que hizo que no abandonara la investigación, hasta no revelar la verdad.
Operación masacre se publicó en 1957 pero allí no terminó la investigación. Con el correr del tiempo agregó más información y varió su reflexión final. Con este libro supo aniquilar la versión oficial de los hechos, además de ser el iniciador de un nuevo género literario: la novela testimonial.
Inevitablemente, entra en este juego de relaciones, Vera, el personaje de mi cuento. Ella, literalmente entró en aguas totalmente desconocidas. En ese repentino cambio de vida que le obligaron a hacer, en búsqueda de un futuro incierto en un lugar lejano, tuvo que subirse a ese barco e irse. A este personaje también se le puso delante del camino una aventura; escapó del fascismo, cambió de identidad, cruzó una frontera. Un hecho que no le causó satisfacción sino mas bien le generó terror; al contrario de Bland este hombre que cruzarlas le significaba un desafío, arriesgado, pero le daba sensación de poder. Como dice Güichal “siempre que se cruza una frontera hay peligro. Es el peligro de adentrarse en lo desconocido y ya no poder regresar a la situación inicial”. Esto también le sucede a Walsh. Traspasando los límites no buscaba poder. Todo lo contrario, intentaba descifrar una verdad manchada con sangre.

lunes, 23 de agosto de 2010

Desarraigo (segunda versión)

El agua se encontraba calma y el cielo estaba despejado. Ella miraba a su alrededor y lo único que veía era agua pero estaba más tranquila y mirar el horizonte ya no le causaba nauseas. Aunque a veces se sentía mareada porque todo le parecía lo mismo, todo se reducía a un infinito de color azul que a lo lejos se chocaba con el cielo. Miraba hacia el este y los ojos se le llenaban de lágrimas, porque allí estaban los 14 años de su vida que no se pudo llevar consigo.
Pasaba el día entero sentada en un rincón de la proa, mirando el océano con sus piernas tapadas con una manta de su abuela. Por momentos se pasaba horas escribiendo en su diario personal y cuando levantaba la vista ya era de noche, ya había pasado un día mas.
Mas allá del shall de lana que cubría su espalda y el rodete que ataba sus cabellos la juventud la perseguía en cada pisada, en cada palabra y en cada mirada por mas melancólica que esta sea.
Todavía quedaban veinte días o más para llegar a destino, un lugar que para algunos eran las tierras prometidas y para otros una ciudad pegajosa que además olía mal:
Bonosaires, Aryentina, trataban de pronunciar los italianos que viajaban en el Oceanía y que jamás en su vida habían hablado español.
Vera compartía el camarote con su abuela y con seis mujeres más. De vez en cuando, por las noches, se escuchaba alguna rata perdida por los pasillos pero no era motivo suficiente de preocupación. Allí había tres camas marineras en un espacio muy reducido, por lo tanto intentar subirse a ellas requería de mucha destreza porque no tenían escaleras. Vera dormía arriba y a pocos centímetros había un ventiluz redondo que en las noches ventosas les impedía dormir por el ruido que hacía el viento y el frío congelado que se filtraba. Pero era impagable la vista que tenía al amanecer cuando los rayos de luz se reflejaban en el mar y el sol parecía una bola de fuego que lentamente iba escalando el cielo.
El primer viernes que pasaban en el barco se la notaba a Vera un poco preocupada. Estaba inquieta, por momentos caminaba por toda la cubierta y por otros se sentaba e intentaba escribir en su diario.
Marzo de 1938:
“Es el primer día que no quiero que se termine. Tengo miedo que nos descubran.”
Con las primeras estrellas del viernes se recluyó junto con su abuela en el camarote a respetar el Sabbat. Hasta el sábado su abuela había decidido quedarse ahí, orando. Ni siquiera saldrían para comer porque la comida que daban era, casi siempre, de origen animal.
Pero Vera no estaba concentrada y su cabeza empezaba a divagar. Miraba a su bubbee y envidiaba la tranquilidad que emanaba. Estaba muy paranoica, para ella todos sabían en el barco quienes eran y porque estaban allí. Su abuela se sentía respaldada por los certificados de bautismo que consiguieron para poder viajar y eso la ayudaba a mantener la calma.
Prontamente se cumplió una semana de viaje pero Vera sentía que estaba allí hacía meses. La nostalgia se había apoderado de ella y todo le recordaba a su pueblo, que ahora ya no era más suyo. Sentada en el mismo rincón de siempre, mirando la inmensidad, los recuerdos se iban apoderando de ella y ahora no quiere pensar. Prefiere imaginar. Imaginar que esta en un viaje para recorrer el mundo, los lugares mas hermosos, sentir nuevos olores, pero después regresar a su bella Trieste.
Una anciana pasa con un crucifijo en la mano y las imágenes otra vez vuelven. Quiere distraer la mente, tararea una canción pero ya no puede seguir reprimiendo los recuerdos, tienen que salir. Una lágrima recorre su mejilla mojando sus labios, dejándole el sabor amargo de un triste episodio. Y ahí se ve caminando hacia el colegio el primer día de clases haciendo el mismo recorrido de siempre, hasta que oye esa voz que aun le retumba en los oídos.
- Tú aquí no eres bienvenida.
El eco de esa voz la horroriza le impide seguir pensando. Luego ve el esquivo de sus amigos que la corren del medio de la entrada de la escuela y le ruegan que nunca más les dirija la palabra. Prefiere pensar que es una pesadilla pero está allí, ella es la protagonista, ella es ahora una desconocida. Y se larga a correr. Corre hasta su casa, ese recorrido, el de siempre, que ahora ya no es el mismo. Todo le resultaba desconocido ¿Cómo puede ser que no reconozca la Piazza unita? Siente que le arrancaron las raíces de un tirón ya no es la misma de antes.
Solía caminar por el barco observando al resto de la gente. Pensaba si se encontraban en la misma situación que ella. Predominaba un clima de alegría pero también de incertidumbre. Algunas señoras coquetas pasaban por la parte de abajo del barco, caminando erguidas despidiendo aroma de perfume francés al pasar, y miraban con cierto aire despectivo a las otras mujeres, que estaban sentadas en el piso tejiendo abrigos para resistir el frío de las noches. Tenían la misma edad pero se notaba en sus manos, en las grietas de las manos, la historia de vida que cada una tuvo que llevar.

-Buen día mi nombre es María.
Vera mira hacia su costado para confirmar que era a ella a quien habían hablado. Tímida y con la mirada hacia el suelo responde al saludo con la voz muy baja.
María tenia la misma edad que Vera pero la juventud le sentaba mucho mejor. No tenía vergüenza de ocultar sus curvas y las lucía vistiéndose con trajes ajustados al cuerpo.
Ella había emprendido este viaje porque sus padres la habían obligado a hacerlo. Poco le importaba conocer Argentina, hubiera preferido irse a Paris, como lo hacían todos los años, pero su padre se negó porque “la situación estaba complicada”.
Durante el día estaba con su madre y sus amigas sentadas en la galería del barco, hablando de moda y tomando el té. A María también se le hacia eterno el viaje. Las mujeres no la dejaban opinar y solo debía oír las absurdas conversaciones que duraban horas. Su padre hacia lo mismo, con la diferencia que hablaban de política y tomaban brandy.
Nadie entiende por qué pero prontamente comenzaron a conversar y a entablar cierta confianza. Nadie lo entiende porque sus mundos eran antagónicos, ellas eran diferentes.
Comenzaron a pasar más tiempo juntas; era notable la presencia de María en tercera clase, no pasaba desapercibida y causaba las miradas del resto. Miradas que la halagaban por eso le gustaba estar allí. Se sentía superior, sus palabras eran escuchadas con atención y nadie le impedía opinar.
Lo mismo le pasaba a Vera cuando entró en el mundo de su amiga. También sentía las miradas del resto pero a ella le quemaban; eran miradas acusadoras, que la hacían sentir inferior a ellos.
Pero ese lugar le fascinaba. No la gente sino el lugar. Era todo realmente magnífico, las columnas estaban todas entalladas y las escaleras eran de mármol blanco, los ventanales gigantes tenían una vista paradisíaca, había olor a lujo.
El domingo el exclusivo padre Ceferino Garibaldi auspiciaba una misa en primera. Vera asistió por insistencias de su amiga y a escondidas de su abuela. No sabia de qué se trataban los rituales cristianos pero la curiosidad y la necesidad de ser aceptada por su amiga hicieron que termine yendo.
El lugar parecía no pertenecer al plano terrenal. De las arañas de oro que colgaban del techo, de las velas del altar y las que iluminaban las imágenes de los santos y de los brillantes que adornaban la figura de la Virgen, de todos ellos, partían rayos de luz de mil colores diversos que inundaban el espacio en el que estaban.
El órgano dio sus primeras notas anunciando que empezaba la misa e inmediatamente todos los fieles se pusieron de pie para recibir al padre. Éste dijo una cantidad enorme de palabras ininteligibles y cuando culminó el coro de monjas comenzó a cantar, entonando la letra del cántico con el resto de la gente, que junto con el ensordecedor sonido del órgano hacían erizar la piel de Vera, impidiéndole hacer todo tipo de movimiento, ni siquiera el de su boca.
Luego volvieron a tomar asiento y empezaron a hacer movimientos con sus manos que en vano intentó imitar, enredándose en si misma. Tenía vértigo de estar en ese lugar. Pero nadie la había obligado a hacerlo, sino que ella misma asumió el compromiso de ir.
Al salir de misa María la miro, sonrió y le dijo:
- de no conocerte pensaría que sos rusa y estalló en una horrible carcajada.
Sentada nuevamente en su lugar en el barco estaba avergonzada de haber ocultado alguna vez su identidad. Su familia, desde muy chica, le había enseñado que era un orgullo ser judío, pero desde aquel suceso en el colegio se desmoronaron los sentimientos que tenia hacia su religión. Por culpa de sus creencias su vida había cambiado por completo y ahora estaba dando vuelta la página empezando una nueva historia.
“¿Tendría Argentina los canales que tenía Venecia? ¿Habría allí una fuente tan hermosa como la de Trevi? ¿Y un mar tan enorme como el Adriático?”
Se quedo dormida escribiendo las últimas líneas en su diario y promete no volver a hacerlo por mucho tiempo más y que el silencio no se apodere más de su voz.
Comenzó a soñar que había llegado a destino y que los argentinos no eran humanos sino seres indescriptibles de otra naturaleza, que la miraban y sin decirle nada le señalaban el río con el dedo para que regrese a su país.
-¡llegamos, llegamos!
Vera despierta en un santiamén y ve gente que se abraza, llora y al mismo tiempo sonríe. Gira su cabeza y ve a lo lejos la ciudad que se erigía de cara al río. Era cierto habían llegado a destino. ¿Seria tal como lo había soñado? Tampoco quería saberlo, se había aferrado al barco, al fin y al cabo allí eran todos compatriotas. Mira hacia el este por última vez queriendo encontrar alguna imagen olvidada de su querida Italia. Pero ya no es lo mismo, la humedad, el calor del río, no la dejan conectarse con lo que de ahora en mas era su pasado. Tal vez allí pueda construir un presente, pero no imagina su futuro en Argentina. Baja cabizbaja y al poner su primer pie en Buenos Aires levanta la mirada y se pregunta ¿podré comenzar una nueva vida aquí?

lunes, 16 de agosto de 2010

Desarraigo

El agua se encontraba calma y el cielo estaba despejado. Ella miraba a su alrededor y lo único que veía era agua pero estaba mas tranquila y mirar el horizonte ya no le causaba nauseas. Aunque a veces se sentía mareada porque todo le parecía lo mismo, todo se reducía a un infinito de color azul que a lo lejos se chocaba con el cielo. Miraba hacia el este y los ojos se le llenaban de lágrimas, porque allí estaban los 14 años de su vida que no se pudo llevar consigo.
Pasaba el día entero sentada en un rincón de la proa, mirando el océano con sus piernas tapadas con una manta de su abuela. Por momentos se pasaba horas escribiendo en su diario personal y cuando levantaba la vista ya era de noche, ya había pasado un día mas.
Mas allá del shall de lana que cubría su espalda y el rodete que ataba sus cabellos la juventud la perseguía en cada pisada, en cada palabra y en cada mirada por mas melancólica que esta sea.
Todavía quedaban veinte días o más para llegar a destino, un lugar que para algunos eran las tierras prometidas y para otros era una ciudad pegajosa que además olía mal:
Bonosaires, Aryentina, trataban de pronunciar los italianos que viajaban en el Oceanía y que jamás en su vida habían hablado español.
Vera compartía el camarote con su abuela y con 6 mujeres más. De vez en cuando, por las noches, se escuchaba alguna rata perdida por los pasillos pero no era motivo suficiente de preocupación.
En su diario Vera escribía:
“Marzo de 1938:
Hoy es nuestro primer viernes en el barco. La bubbee dijo que íbamos a respetar nuestras tradiciones pero ¿Cómo haremos para no despertar la atención del resto?”
Con las primeras estrellas del viernes Vera y su abuela se recluyeron en el camarote para respetar el Sabbat. Hasta el sábado a la noche seguirían allí, encerradas, orando, tratando de no levantar sospechas. Sus certificados de bautismo las resguardaban de cualquier tipo de ofensa, esos que habían conseguido para poder viajar.
Prontamente se cumplió una semana de viaje pero Vera sentía que estaba allí hacia meses. La nostalgia se había apoderado de ella y todo le recordaba a su pueblo, que ahora ya no era más suyo. Sentada en el mismo rincón de siempre, mirando la inmensidad, los recuerdos se iban apoderando de ella y ahora no quiere pensar. Prefiere imaginar. Imaginar que esta en un viaje para recorrer el mundo, los lugares mas hermosos, sentir nuevos olores, pero después regresar a su bella Trieste.
Una anciana pasa con un crucifijo en la mano y las imágenes otra vez vuelven. Quiere distraer la mente, tararea una canción pero ya no puede seguir reprimiendo los recuerdos, tienen que salir. Una lágrima recorre su mejilla mojando sus labios, dejándole el sabor amargo de un triste episodio. Y ahí se ve caminando hacia el colegio el primer día de clases haciendo el mismo recorrido de siempre, hasta que oye esa voz que aun le retumba en los oídos.
- Tú aquí no eres bienvenida.
El eco de esa voz la horroriza le impide seguir pensando. Luego ve el esquivo de sus amigos que la corren del medio de la entrada de la escuela y le ruegan que nunca más les dirija la palabra. Prefiere pensar que es una pesadilla pero está allí, ella es la protagonista, ella es ahora una desconocida. Y se larga a correr. Corre hasta su casa, ese recorrido, el de siempre, que ahora ya no es el mismo. Todo le resultaba desconocido ¿Cómo puede ser que no reconozca la Piazza unita? Siente que le arrancaron las raíces de un tirón ya no es la misma de antes.
Solía caminar por el barco observando al resto de la gente. Pensaba si se encontraban en la misma situación que ella. Predominaba un clima de alegría pero también incertidumbre. Algunas señoras coquetas pasaban por la parte de abajo del barco, caminando erguidas despidiendo aroma de perfume francés al pasar, y miraban con cierto aire despectivo a las otras mujeres, que estaban sentadas en el piso tejiendo abrigos para afrontar el frío de las noches. Tenían la misma edad pero se notaba en sus manos, en las grietas de las manos, la historia de vida que cada una tuvo que llevar.
- buon giorno mi nombre es María.
Vera mira hacia su costado para confirmar que era a ella a quien habían hablado. Tímida y con la mirada hacia el suelo responde al saludo con la voz muy baja.
María estaba vestida con la mejor ropa y en su pelo rubio se lucia un sombrero que combinaba con el resto de su traje. Nadie entiende por qué pero prontamente comenzaron a conversar y a entablar cierta confianza. Nadie lo entiende porque sus mundos eran antagónicos, ellas eran diferentes.
Juntas recorrían el barco y María le mostró o mejor dicho ostento su vida, la opulencia que había entre aquellos que viajaban en primera. Al principio Vera se fascinó por aquel lugar tan cerca y tan lejos al mismo tiempo de ella. Pero después comenzó a tomarle cierto desprecio cuando oyó a unos hombres vestidos de traje, brindar por el Duce.
El domingo el exclusivo padre Ceferino Garibaldi auspiciaba una misa en primera. Vera asistió por insistencias de su amiga y a escondidas de su abuela. No sabia de que se trataban los rituales cristianos pero talvez para lograr mayor aceptación, decidió concurrir.
Ella lo veía como una obra de teatro, no formaba parte de la ceremonia. En un momento todos empezaron a cantar y hacer unos movimientos raros con sus manos que en vano intento imitar.
Al salir de misa María la miro, sonrió y le dijo: de no conocerte pensaría que sos rusa, y estallo en una carcajada.
Ahora camina y piensa que callar, ocultar, aparentar pueden ser la peor opción, ella es lo que era y lo que pudo ser y nadie puede cambiar eso.
Escribe sus últimas líneas en el diario y promete no volver a hacerlo por mucho tiempo más y que el silencio no se apodere más de su voz.
Se estaba quedando dormida. Se durmió, abrazada a sus rodillas abrigada por el sol del verano americano.
-llegamos, llegamos!
Vera despierta en un santiamén y ve gente que se abraza, llora y al mismo tiempo sonríe. Gira su cabeza y ve a lo lejos la ciudad que se erigía de cara al río. Era cierto habían llegado a destino. ¿Podría comenzar una nueva vida allí? No lo sabía, pero su primer pie en Argentina lo había puesto con una sonrisa.

domingo, 8 de agosto de 2010

Primera parte del proyecto!

El agua se encontraba calma y el cielo estaba despejado. Ella miraba a su alrededor y lo único que veía era agua pero estaba mas tranquila y mirar el horizonte ya no le causaba nauseas. Aunque a veces se sentía mareada porque todo le parecía lo mismo, todo se reducía a un infinito de color azul que a lo lejos se chocaba con el cielo. Miraba hacia el este y los ojos se le llenaban de lágrimas, porque allí estaban los 14 años de su vida que no se pudo llevar consigo.
Pasaba el día entero sentada en un rincón de la proa, mirando el océano con sus piernas tapadas con una manta de su abuela. Por momentos se pasaba horas escribiendo en su diario personal y cuando levantaba la vista ya era de noche, ya había pasado un día mas.
Mas allá del shall de lana que cubría su espalda y el rodete que ataba sus cabellos la juventud la perseguía en cada pisada, en cada palabra y en cada mirada por mas melancólica que esta sea.
Todavía quedaban veinte días o más para llegar a destino, un lugar que para algunos eran las tierras prometidas y para otros era una ciudad pegajosa que además olía mal:
Bonosaires, Aryentina, trataban de pronunciar los italianos que viajaban en el Oceanía y que jamás en su vida habían hablado español.
Vera compartía el camarote con su abuela y con 6 mujeres más. De vez en cuando, por las noches, se escuchaba alguna rata perdida por los pasillos pero no era motivo suficiente de preocupación.
En su diario Vera escribía:
“Marzo de 1938:
Hoy es nuestro primer viernes en el barco. La bubbee dijo que íbamos a respetar nuestras tradiciones pero ¿Cómo haremos para no despertar la atención del resto?”
Con las primeras estrellas del viernes Vera y su abuela se recluyeron en el camarote para respetar el Sabbat. Hasta el sábado a la noche seguirían allí, encerradas, orando, tratando de no levantar sospechas. Sus certificados de bautismo las resguardaban de cualquier tipo de ofensa, esos que habían conseguido para poder viajar.
Prontamente se cumplió una semana de viaje pero Vera sentía que estaba allí hacia meses. La nostalgia se había apoderado de ella y todo le recordaba a su pueblo, que ahora ya no era más suyo. Sentada en el mismo rincón de siempre, mirando la inmensidad, los recuerdos se iban apoderando de ella y ahora no quiere pensar. Prefiere imaginar. Imaginar que esta en un viaje para recorrer el mundo, los lugares mas hermosos, sentir nuevos olores, pero después regresar a su bella Trieste.
Una anciana pasa con un crucifijo en la mano y las imágenes otra vez vuelven. Quiere distraer la mente, tararea una canción pero ya no puede seguir reprimiendo los recuerdos, tienen que salir. Una lágrima recorre su mejilla mojando sus labios dejándole el sabor amargo de un triste episodio. Y ahí se ve caminando hacia el colegio el primer día de clases haciendo el mismo recorrido de siempre, hasta que oye esa voz que aun le retumba en los oídos.
- Tú aquí no eres bienvenida.
El eco de esa voz la horroriza le impide seguir pensando. Luego ve el esquivo de sus amigos que la corren del medio de la entrada de la escuela y le ruegan que nunca más les dirija la palabra.Prefiere pensar que es una pesadilla pero está allí, ella es la protagonista, ella es ahora una desconocida. Y se larga a correr. Corre hasta su casa, ese recorrido, el de siempre, que ahora ya no es el mismo. Todo le resultaba desconocido ¿Cómo puede ser que no reconozca la Piazza unita? Siente que le arrancaron las raíces de un tirón ya no es la misma de antes.